¿Un ataque de ansiedad es peligroso? Qué hacer (y qué no)
Se vive como una emergencia médica: el corazón desbocado, el aire que no llega, la certeza de que algo grave está pasando. Entender qué ocurre en el cuerpo —y qué se había movido en tu vida cuando la alarma empezó a sonar— es parte del tratamiento.


Qué le pasa a tu cuerpo en un ataque de ansiedad
Quien lo ha vivido sabe que la pregunta —si un ataque de ansiedad es peligroso— no es una duda intelectual: se hace con el pulso en las sienes y, muchas veces, camino de urgencias. Así que empecemos por el cuerpo, que es donde está el susto.
Lo que ocurre en el cuerpo tiene poco misterio: es la respuesta de supervivencia disparándose sin peligro real. El cerebro aprieta el botón de emergencia y en segundos tienes adrenalina en sangre, el corazón acelerado, la respiración rápida, los músculos tensos y la digestión en pausa. Todo eso está diseñado para salvarte de un depredador.
El problema es que no hay depredador. Solo están las sensaciones. Y como no hay nada fuera que explique tanto vendaval dentro, la mente busca la explicación más terrorífica disponible: infarto, ictus, locura, muerte.
Ahora bien, que no haya peligro no significa que no haya motivo. Aquí es donde mi mirada se separa de la explicación puramente fisiológica: el cuerpo no se dispara por capricho. Está diciendo algo que todavía no ha encontrado palabras. Donnel Stern lo llamó experiencia no formulada: eso que hemos vivido y que nos afecta, pero que aún no hemos podido pensar ni contarle a nadie. Y lo que no se puede pensar termina saliendo por donde encuentra sitio. Casi siempre, por el cuerpo.
Un ataque de ansiedad es una alarma de incendios sonando sin fuego.
Insoportable de oír, incapaz de quemarte. Y, aun así, alguien la instaló por algo.
¿Es peligroso? Lo que dice la evidencia
No. Por intenso que sea, un ataque de ansiedad no daña el corazón, no corta la respiración y no hace perder la razón. Es el mismo mecanismo que usas para correr un sprint, activado a destiempo. Suele alcanzar su pico en unos diez minutos y baja solo, porque el cuerpo no puede sostener esa activación indefinidamente.
Matiz importante: si tienes síntomas nuevos de dolor torácico y nunca te han evaluado, acude a tu médico. No para tratar la ansiedad, sino para poder dejar de dudar. Una vez descartado lo médico, cada nueva visita a urgencias alimenta al pánico en lugar de calmarlo.
Y hay una segunda pregunta que la palabra “peligroso” tapa. Los ataques casi nunca aparecen en un momento cualquiera: llegan después de una mudanza, una ruptura, un ascenso, un duelo que nadie nombró, el nacimiento de un hijo o —sorprendentemente a menudo— justo cuando por fin “todo iba bien”. Es decir, cuando algo se ha movido en los vínculos que te sostienen. El susto no está en el corazón: está en lo que se desordenó alrededor.
“¿Y si me da un infarto?” “¿Y si me vuelvo loco?”
El dolor en el pecho por ansiedad
Viene de la tensión muscular intercostal y de la hiperventilación. Duele de verdad, pero no es el corazón fallando: es el pecho trabajando de más. Y si te preguntas cómo quitar el dolor en el pecho por ansiedad, lo que ayuda es lo poco espectacular: soltar el aire despacio, aflojar hombros y mandíbula, calor en la zona y, sobre todo, dejar de vigilarlo. Un pecho vigilado duele más.
Nadie “se vuelve loco” por un ataque de ansiedad
Es imposible volverse loco por ansiedad, aunque la sensación se le parezca bastante. La despersonalización —sentirte irreal, como en una película— es un efecto pasajero de la hiperventilación y del propio miedo. Y, mirada de cerca, es algo más interesante que un síntoma: es la mente poniendo distancia para no sentirlo todo de golpe. Una maniobra que muchos aprendimos hace mucho tiempo, cuando sentirlo todo era demasiado y no había nadie cerca para ayudarnos a sostenerlo.
Qué hacer en un ataque de ansiedad
Lo que mejor funciona es lo que menos apetece: no pelearte con él. Cada intento de cortarlo en seco le echa más adrenalina encima. Suena imposible cuando estás dentro, lo sé, pero el cambio de actitud —de “esto tengo que pararlo ya” a “ya sé lo que eres, haz tu pico y vete”— es lo que empieza a desactivarlo.
Al cuerpo puedes echarle una mano de dos maneras muy simples: soltando el aire despacio, más largo al soltarlo que al cogerlo, y apoyándote —siéntate, nota los pies en el suelo, la espalda en el respaldo—. No son trucos: son señales de que hay suelo.
Y si hay alguien de confianza cerca, dilo: “me está dando ansiedad, no es nada grave, quédate un momento conmigo”. Cuesta pedirlo, y merece la pena detenerse en por qué cuesta tanto. Casi nadie se calla por educación: se calla porque en algún momento aprendió que estas cosas se pasan a solas, que molestar sale caro o que mostrarse frágil deja a uno más expuesto. Esa lección no se eligió, se aprendió: en vínculos concretos, con personas concretas. Pedir compañía en mitad de un ataque no es una técnica de respiración: es empezar a desandar esa lección.
Hay, en cambio, tres cosas que alivian en el momento y salen caras después: irte siempre del sitio (tu cerebro apunta “ese lugar era peligroso” y mañana el mapa es más pequeño), comprobar el pulso o la tensión una y otra vez (cada comprobación confirma que había algo que temer) y reorganizar tu vida para que no vuelva a pasar: dejar el café, el metro, el gimnasio, los viajes, el sexo. El pánico se encoge cuando tu vida se agranda, no al revés.
El pánico no ocurre en el vacío
Casi todo lo que se escribe sobre el pánico lo trata como una avería individual: un cerebro mal calibrado dentro de una persona. Desde el psicoanálisis relacional se mira de otra manera. La ansiedad no se cocina dentro de ti a solas; se forma —y se calma— entre personas.
Piénsalo desde el principio. De bebés no teníamos freno propio: nos regulábamos prestados, en la cara, la voz y el ritmo de quien nos cuidaba. Esa calma que recibimos mil veces es la que después se convierte en capacidad de calmarse solo. Quien tuvo poco de eso, o lo tuvo de forma imprevisible —un padre a ratos disponible y a ratos ausente, una madre desbordada, una casa donde había que estar pendiente del humor de otro—, se hace mayor con un sistema de alarma más rápido y más solitario. No es un defecto: es un aprendizaje que en su momento fue inteligente.
Por eso en consulta se repite un perfil: personas muy autosuficientes, muy responsables, que sostienen a los demás con soltura y no saben qué hacer con la propia necesidad. Gente que aprendió pronto a no molestar. En esas historias, el pánico suele ser la primera vez que el cuerpo grita algo que la persona llevaba años diciendo en voz muy baja.
Philip Bromberg describía la mente como un conjunto de estados que no siempre se hablan entre sí. Cuando algo fue demasiado —y no hace falta una catástrofe: basta con haberse sentido muy solo en un momento importante—, una parte de la experiencia queda fuera de la conversación. No desaparece: espera. Y vuelve por donde puede, sin relato y sin fecha, en forma de taquicardia en el andén del metro. De ahí esa sensación tan característica de que “viene de la nada”: no viene de la nada, viene de un sitio al que todavía no llegan las palabras.
Esto cambia lo que ocurre en terapia. No se trata de que yo analice tu ansiedad desde fuera, como quien lee una radiografía. Se trata de que eso que te pasa aparezca también entre nosotros dos —la prisa, la vergüenza, el miedo a ser demasiado, el impulso de quitarle importancia— y de que podamos mirarlo juntos mientras está ocurriendo. Es lo que hago en consulta y lo que sostiene mi manera de trabajar en terapia para la ansiedad. Lo que no se pudo sentir acompañado en su día puede sentirse acompañado ahora; y sentirlo acompañado es, literalmente, lo que le baja el volumen a la alarma.
Cuando los ataques se repiten: el miedo al miedo
El primer ataque asusta. Los siguientes ya no hace falta que lleguen: basta el miedo a que lleguen. Es el círculo del pánico: vivir vigilando el propio cuerpo, con la vida cada vez más pequeña. Ahí es cuando tiene sentido pedir ayuda.
En terapia no solo aprendes a atravesar los ataques. Entendemos qué estaba pasando en tu vida y en tus vínculos cuando la alarma empezó a sonar, y qué te resultaba tan difícil de decir que tuvo que decirlo el cuerpo. El pánico rara vez llega porque sí: suele avisar de algo que no encontraba otra forma de expresarse. Puedes leer más sobre esta manera de trabajar en psicoterapia relacional.
Si el pánico está encogiendo tu vida
Se puede salir del círculo del miedo al miedo, y no hace falta hacerlo en soledad. Trabajo presencial en Madrid (Atocha) y online.
Dos lecturas para seguir
Si quieres profundizar en esta manera de entender el pánico —como algo que quiere decir algo, y no solo como un fallo del cuerpo—, estas dos son el mejor punto de partida:
- Joan Coderch, La práctica de la psicoterapia relacional. La referencia en castellano de este enfoque. Su desarrollo actual puede seguirse en Clínica e Investigación Relacional, la revista del psicoanálisis relacional en español, de acceso libre.
- Philip M. Bromberg, Standing in the Spaces. Sobre la disociación y esos estados de uno mismo que quedan fuera de la conversación y vuelven por el cuerpo. Bromberg fue una de las voces centrales de la IARPP, la asociación internacional de psicoanálisis relacional.
Lo que no encuentra palabras suele buscar la puerta del cuerpo.
Preguntas frecuentes
+¿Un ataque de ansiedad es peligroso para el corazón?
No. El corazón acelerado en un ataque de ansiedad es un corazón sano haciendo su trabajo, igual que cuando subes unas escaleras corriendo. Si tienes dudas médicas, una revisión sirve para descartarlo y poder dejar de comprobar.
+¿Cuánto dura un ataque de ansiedad?
El pico suele llegar en unos diez minutos y después baja por sí solo. La resaca —cansancio, susto, sensación de irrealidad— puede durar unas horas.
+¿Es imposible volverse loco por ansiedad?
Sí, es imposible: la ansiedad no causa psicosis ni “locura”. La sensación de irrealidad es una desconexión momentánea, una forma que tiene la mente de protegerse cuando siente demasiado de golpe.
+¿Qué hago si le da un ataque de ansiedad a alguien?
Quédate. Habla despacio, recuérdale que es ansiedad y que pasará, y no le pidas que se tranquilice. Tu calma no es un consejo: es la señal que su sistema nervioso está buscando.
+¿Cuándo debería ir a terapia?
Si los ataques se repiten, si vives pendiente de que vuelvan o si has empezado a evitar lugares y planes por miedo. Y también si, al leer esto, has reconocido esa costumbre antigua de arreglártelas solo.